4.3 CONVICCIONES RELIGIOSAS Y PLURALISMO

118 | ¿SON EL ABORTO Y LA EUTANASIA PROBLEMAS PRINCIPALMENTE RELIGIOSOS?

Los dilemas éticos y morales en la sociedad pueden tener relación con un análisis normativo de qué cosas son aceptadas o no por la sociedad. Sin embargo, en último término la moralidad de los actos encuentra su fundamento en la naturaleza del hombre más que en las reglas que acuerde una sociedad particular. Por otro lado, un conocido adagio dice que la ley o el Estado no debe promover todos los bienes ni prohibir todos los males, porque fácilmente se podría transformar en un Estado policial o incluso totalitario. Sin embargo, a pesar de lo anterior, la sociedad constantemente define ciertos comportamientos o actos como deseables o indeseables, considerando algunos de ellos como moralmente aceptables o no. Esto muchas veces influye directamente en las convicciones más profundas de las personas, porque están relacionadas con hábitos, ideas, costumbres e historias de vida.

Es precisamente por eso, que en este tipo de dilemas, que tienen relación con la esencia misma de las personas, las religiones tienen algo que decir. La persona humana tiene una inclinación natural a la espiritualidad, a partir de la cual conforma sus valores o principios trascendentales. Estos se traducen en diversos comportamientos normativos, los que en algunas ocasiones se topan con aquellos que el Estado decide promover o prohibir. En el caso del aborto y la eutanasia, ocurre que son temas que tienen relación directa con una visión integral o no materialista de la persona humana, en el sentido que se refieren a la existencia misma de ellas: el inicio y término de su vida. Definir los límites y las consecuencias de aquello es relevante, pues se trata de un asunto de máxima gravedad. Si se yerra en determinar el momento exacto del comienzo o fin de la vida, estaremos arbitrariamente disponiendo de la vida de individuos racionales y, por tanto, dotados de dignidad. Conocer desde cuándo y hasta cuándo ese ser existe, es crucial para determinar los límites éticos de los terceros frente a ellos.

José Francisco Lagos
Abogado y Magíster en Estudios Públicos

Abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Magíster en Estudios Políticos de la Universidad de los Andes. Es Director Ejecutivo del Instituto Res Publica. Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad San Sebastián.

Preguntas relacionadas

“En último término la moralidad de los actos encuentra su fundamento en la naturaleza del hombre más que en las reglas que acuerde una sociedad particular. La persona humana tiene una inclinación natural a la espiritualidad, a partir de la cual conforma sus valores o principios trascendentales.
Sin embargo, no es correcto afirmar que eso signifique que solamente se puede argumentar desde el punto de vista religioso”.

Entendiendo que a las religiones les importan mucho estos temas, no es correcto afirmar que eso signifique que solamente se puede argumentar desde el punto de vista religioso. Por supuesto que esta clase de premisas serán muy relevantes para aquellos que compartan esa fe determinada, sin embargo, la discusión contemporánea no puede basarse únicamente sobre un conocimiento revelado. Más que un asunto de fe, se trata de una evaluación racional que encuentra su fundamento en la naturaleza humana, la cual es común a todas las personas —conocimiento al que todos pueden acceder mediante la razón — y que permite dar sustento a los derechos reconocidos por el Estado.

Por otro lado, una discusión distinta es si los argumentos religiosos son válidos en el debate público. Ese punto vale la pena tenerlo en consideración y merece un desarrollo adicional, bastante bien abordado por algunos autores. Entre los argumentos señalados destaca la libertad religiosa, que incorpora entre sus posibilidades la facultad de llevar a cabo actividades destinadas a difundir sus ideales y convicciones. Ello siempre conforme con la dignidad de la persona y respetando especialmente la libertad de quienes no comparten lo que se expone.

Un problema importante de la sociedad actual es asumir que toda alusión a un comportamiento normativo, basada en la ética o la moral, equivale a una opinión o visión religiosa. Aquello constituye una de las mayores simplificaciones del debate que impiden una discusión a la altura de la materia que se discute.

El Estado y la sociedad establecen un comportamiento normativo —sobre lo que se debe o no se debe hacer— todos los días y en prácticamente todas las políticas públicas. Desde las decisiones más simples hasta las más complejas. Esto produce que las personas que tienen fe recurran a ella como fuente de información frente a la posible colisión entre las decisiones del gobierno de turno y las directrices normativas de su fe.
Es por lo anterior, que las religiones también tienen mucho interés en difundir sus ideas en la sociedad, porque hay una constante tensión entre lo normativo y lo contingente, que puede llevar a confusión a muchos de sus feligreses.

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