3.11 LA EUTANASIA Y LAS LEGISLACIONES
106 | ¿SERÍA MALA LA EUTANASIA INCLUSO SI ESTUVIERA PERMITIDA POR LA LEY?
La bondad o maldad de un acto no depende de lo que diga la ley. De hecho, el deber de obedecer a las leyes se funda precisamente en que presumimos que mandan cosas buenas. La maldad moral de la eutanasia no es algo que la ley pueda determinar o regular, sino algo que debe acoger y reconocer como un dato previo que se consigna y se declara.
La cuestión es particularmente importante dada la naturaleza especial del derecho, que no razona exactamente del mismo modo que la ética.
La ética tiene que ver con el valor moral de los actos libres de las personas, que son siempre concretos y singulares. Por lo mismo, el juicio de la ética no se limita a la moralidad intrínseca de un cierto tipo de actos, sino que considera también las circunstancias concretas de cada acción, incluyendo las disposiciones subjetivas de los agentes, la intención con la que actúan e incluso las disposiciones afectivas de quienes están involucrados en ella.
Limitándonos a lo más esencial y prescindiendo de toda circunstancia, la eutanasia consiste simplemente en matar a alguien; sobre sto no hay duda posible. De hecho, es algo que aceptan incluso quienes la defienden. Y el homicidio es un acto intrínsecamente malo, que no debe realizarse nunca. Pero la cuestión inversa —el deber de vivir— no es moralmente tan simple: no basta con no matar a quien está sufriendo, pues no solo hay que evitar el mal, sino que es necesario sobre todo hacer el bien, y hacerlo bien. Desde una perspectiva ética, el problema fundamental no es la prohibición de matar, sino la necesidad de lidiar concretamente con el sufrimiento de una persona que está muriendo y con el de su familia cuando han dejado de verle sentido a la vida.
Este problema, que es el verdadero problema, respecto al cual la eutanasia es simplemente una pésima —de hecho, la peor— solución, no puede ser resuelto por el derecho. Lo que puedan decir las leyes, en este ámbito, es poco y muy superfluo: es la mera prohibición de matar.
El derecho, a diferencia de la ética, tiene que ver solamente con lo justo y. lo injusto, e incluso esto solo en la estricta medida en que afecte a la convivencia social. En este contexto, solo importa la objetiva proporción entre una conducta y los bienes jurídicos protegidos por la ley; los afectos y las disposiciones subjetivas son prácticamente indiferentes.
Gonzalo Letelier
Doctor en Derecho
Licenciado en Humanidades y en Educación y profesor de Filosofía de la Universidad Adolfo Ibáñez. Doctor en Derecho por la Universidad de Padua. Profesor y Director académico del Centro de Estudios Generales de la Universidad de los Andes.
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El derecho es frío; interviene cuando hay conflictos que no fue posible resolver antes y los dirime sin atender a las emociones ni a las tragedias personales que se ocultan bajo ellos. Es difícil pensar en algo menos adecuado para afrontar el drama humano del sufrimiento y de la muerte.
Por otra parte, que la ley permita la eutanasia no solo es injusto, sino que hace saltar en pedazos la consistencia del sistema jurídico completo. Es propio de la ley ser un precepto general, que aplica sin mayores distinciones un mismo principio común a una serie de casos semejantes. Como lo relevante no es la singularidad del caso, sino el principio general aplicable, el modo en que se entienda ese principio afecta a la totalidad de los casos semejantes. Si es lícito matar por compasión, ya no es verdad que nunca se puede matar; significa que hay «homicidios justos» y, en estricta coherencia, se abre la puerta a toda otra forma de homicidio susceptible de ser ocultada bajo el manto de la benevolencia. Pero allí donde se puede matar,¿por qué no se podrá mutilar o esterilizar (siempre, por supuesto por el bien de aquel a quien matamos, mutilamos o esterilizamos y el de la sociedad en su conjunto…)? La historia abunda en escalofriantes ejemplos de este razonamiento.
Pero además, finalmente, el derecho tiene la función social de modelar las costumbres y, en consecuencia, afecta profundamente la mentalidad general de una sociedad. En este sentido, que la ley permita la eutanasia no solo deja intacta la inmoralidad del acto, sino que distorsiona y desnaturaliza por completo el modo en que experimentamos socialmente el trance de la muerte propia o de nuestros seres queridos.
La muerte es un aspecto ineludible de la condición humana. Todos vamos a morir. Esta certeza es parte fundamental de lo que somos y el modo en que la asumimos condiciona nuestra manera de vivir. La eutanasia abre la posibilidad de transformarla en una decisión propia (o, lo que es peor, ajena); permite que la muerte sea algo que se elige, algo aparentemente indoloro y aséptico, una especie de no-problema que puede ser omitido hasta el momento en que sea ineludible. La cuestión no será ya por qué y de qué modo vivir, sino simplemente no sufrir. Y así, aduciendo que la búsqueda de sentido es siempre una tarea personal, se la termina transformando en algo opcional. Quizá el problema más grave y profundo es este: la eutanasia permite olvidar la auténtica realidad de la muerte y vivir como si nunca fuéramos a morir. Las consecuencias de esta idea en la moral social son muy delicadas.
La eutanasia es un acto moralmente malo, porque haciendo mal a sus víctimas hace malo también a quien lo comete. Lejos de hacerla permisible, su legalización extiende esos mismos efectos a la cultura de una sociedad.
