3.6 LA EUTANASIA Y EL DOLOR

88 | ¿SE PUEDE FORZAR A PERMANECER CON VIDA A UN PACIENTE CON DOLORES INTOLERABLES?

Hace muchos años, el filósofo alemán Robert Spaemann pronosticó que “las nuevas formas de prolongación forzosa de la vida tendrían como inevitable consecuencia los llamamientos a favor de la eutanasia”, atendidos los costos que la tecnología impone sobre los sistemas de salud y los pacientes, y el peso psicológico que significaba pasar el periodo final de la vida rodeado de máquinas y lejos de los seres queridos. Es el llamado “encarnizamiento terapéutico”, que con razón nos provoca un fuerte rechazo. De ahí la importancia de hacer una clara distinción entre permitir que una persona muera y matarla. Muchos pedidos de eutanasia en realidad no son tales. En efecto, renunciar a tratamientos que son desproporcionados a la condición clínica del paciente es simplemente reconocer que somos mortales. Cosa distinta es procurar intencionalmente la muerte, por ejemplo, mediante la administración de una inyección letal, o porque no se le proporcionan algunos cuidados ordinarios, como darle de beber si la persona no puede hacerlo por sí misma. En el primer caso, la persona muere, ya sea por un cáncer o por otra enfermedad; en el otro, alguien la mata. De ahí la importancia de distinguir entre matar y dejar morir. Sugiero reservar el uso de la palabra “eutanasia” solo al caso en que se elige como fin o como medio la muerte de alguien que sufre. A veces, sin embargo, se llama “eutanasia activa” a la muerte directa del paciente y “eutanasia pasiva” al hecho de dejar que muera.

¿Significa eso que, como no podemos darles muerte, vamos a dejar solas con su dolor a las personas que sufren una grave enfermedad y padecen angustia y fuertes dolores? Sería aberrante. Aquí entran en juego los cuidados paliativos. Muchas veces la medicina ya no puede curar, pero sí puede hacer mucho para ayudar a que las personas recorran esa última etapa de su vida de manera digna. En realidad, estos cuidados no son patrimonio del médico, sino que tienen un enfoque multidisciplinario en el diagnóstico y tratamiento, que mejora la calidad de vida de los pacientes y sus familias en las etapas terminales. Su lógica es exactamente opuesta a la que domina en el caso de la eutanasia, que representa, en realidad, un fracaso de la medicina.

En una declaración de la Sociedad Médica de Cuidados Paliativos de Chile, a propósito de la discusión sobre eutanasia, se explica que la suya es una tarea mucho más integral, donde “se entrega acompañamiento espiritual y psicológico tanto al paciente como a la familia”. En ningún caso, entonces, se trata al cuerpo humano del que sufre como un objeto. Por eso, concluyen, la “buena calidad de la muerte […] no es solo exclusiva de la eutanasia o el suicidio asistido. Es como atender a un paciente que está con intento de suicidio por depresión y no ofrecerle medicamentos para tratar la patología”168.

Ciertamente la solución de la eutanasia es más barata que los cuidados paliativos, pero eso no significa que sea mejor, ni mucho menos más humana.

Para algunos, la prohibición de la eutanasia significa imponer a un individuo que sufre padecimientos indecibles, una concepción de la vida que para el enfermo carece ya de todo sentido. Pero cuando se prohíbe la eutanasia no estamos en presencia de una indebida imposición estatal. En efecto, nadie impone algo a una persona si no está facultado para darle lo que ella solicita (en este caso, la muerte). Y eso es precisamente lo que está en discusión: si existe la facultad legítima de corresponder a un pedido de este tipo, de modo que no cabe darlo por probado. Lo que se dice respecto del Estado, vale también para el médico: cuando no accede a una petición de eutanasia no está forzando a vivir a nadie, simplemente se niega a algo que es incompatible con el fundamento mismo de su profesión. En efecto, si hay bienes que no están sujetos a disposición, como es el caso de la vida humana, entonces nadie tiene la facultad de decidir sobre ellos. Plantear las cosas de otro modo significa, por así decirlo, alterar la carga de la prueba. En este sentido, no es casual que la Ley Fundamental alemana, el texto constitucional que se redactó después de la catástrofe que significó el nacionalsocialismo, comience precisamente por la declaración de que “la dignidad humana es intocable”169. Se trata de una suerte de tabú, que está en la base de una sociedad genuinamente humana. Además, si se trata de un derecho garantizado, el Estado deberá administrar las medidas para su provisión y obligar a que se lleve a cabo lo necesario para asegurar el cumplimiento efectivo de ese supuesto derecho. De este modo, una ley semejante no evita, sino que promueve el intervencionismo estatal.

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