2.13 ABORTO EN SITUACIONES COMPLEJAS 

66 | ¿ES MEJOR ABORTAR QUE TENER UNA FAMILIA POBRE Y NUMEROSA?

Una primera respuesta, que es válida, aunque insuficiente, lleva a decir que aprobar el aborto en ese caso esconde un supuesto implícito: las vidas en familias pobres y numerosas no valen tanto como aquellas que vienen al mundo en familias ricas. Justificar el aborto de esa manera supone un modo clasista de razonar, que además está teñido de individualismo, porque nos permite desentendernos de esas personas con el expediente de decirles: “arréglenselas ustedes mismas, nosotros ya les hemos abierto la alternativa del aborto; no vengan a molestar nuestra tranquilidad con su pobreza”.

Sin embargo, el hecho de que la pobreza no sea un argumento válido para justificar el aborto ni ninguna otra lesión de la dignidad humana no debe hacernos perder de vista la realidad humana que está detrás de este problema que da origen a acalorados debates. “Ninguna mujer aborta por gusto”, decía tiempo atrás una persona que ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a quienes pasan por momentos difíciles por un embarazo no deseado o que derechamente se han sometido a un aborto. Hay aquí una dimensión trágica que no se puede soslayar. A veces se la tapa con un pañuelo verde y un discurso emancipador, y entonces se la presenta como una gran conquista. En otras ocasiones se pierde de vista ese carácter de tragedia porque se defiende sólo la vida no nacida, sin preocuparse de esas vidas ya nacidas que también están en una condición vulnerable: para comenzar la de esa mujer que pasa por una situación angustiosa, que está sola y es víctima de presiones de todo tipo. Sería una auténtica hipocresía una oposición al aborto que solo se preocupara de las vidas en gestación y fuera indiferente al destino de tantas personas que apenas sobreviven, en medio de condiciones muy adversas.

Joaquín García-Huidobro
Doctor en Filosofía y Derecho 

Doctor en Filosofía y en Derecho. Profesor en el Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes. Autor de dieciséis libros, entre otros: Comunidad: la palabra que falta (2020) y Bencina y pasto seco. La crisis chilena en perspectiva (1990-2020). Columnista político en el diario El Mercurio.

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“Justificar el aborto de esa manera supone un modo clasista de razonar, que además está teñido de individualismo, porque nos permite desentendernos de esas personas, como si las vidas en familias pobres y numerosas no valieran tanto como aquellas que vienen al mundo en familias ricas”.

La cuestión del aborto no puede ser independiente de aquella más amplia que apunta al tipo de sociedad que queremos construir. Dicho con otras palabras, si en el aborto está involucrada la persona entera de la mujer y también esa otra existencia que lleva en su vientre, entonces resulta injusto decirle solo a uno de ellos: “este es un problema tuyo”, y desentenderse del otro mientras uno afirma satisfecho, según los casos, que ha defendido la libertad de la mujer o la vida del feto.

El gran desafío, entonces, es mirar a todas las partes involucradas. En esta materia, la ceguera, o al menos la miopía, no es sólo patrimonio de quienes promueven el aborto con el discurso de los derechos individuales. También por el lado conservador hay actitudes que no se corresponden con una postura “pro vida” integral.

Más que directamente con la pobreza o el número de hijos, el aborto real, no el que resulta objeto de discusión en los seminarios, se vincula estrechamente con la falta de esperanza, con la sensación de que no existe otra salida. Por eso no basta simplemente con decir que “no”, ni menos proponer que se vaya a una determinada clínica u hospital para tener un aborto seguro, pagado por el Estado o por aquel varón que no quiere asumir ninguna responsabilidad y alivia su conciencia al financiar esa “intervención”.

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