1.1 LA PERSONA HUMANA Y LA VIDA
7. ¿ES LA VIDA HUMANA UN BIEN DISPONIBLE?
Desde una perspectiva intuitiva y de la vida cotidiana, sólo se puede disponer legítimamente de algo si se tiene el poder y la autoridad para hacerlo, lo que implica, en algún sentido, encontrarse en una situación de superioridad respecto de ese algo, es decir, tener dominio o ser dueño de ello. Pues bien, si asumimos la igualdad de todos los seres humanos, ninguno tendría la autoridad para disponer legítimamente de la vida de otro. Así, una primera conclusión es que la vida de otro ser humano no es nunca un bien disponible para un tercero.
Pero mi propia vida, ¿es, para mí, disponible? Un bien disponible es aquel del que yo me puedo enajenar (de mi casa, de mis derechos de autor, de mis privilegios nobiliarios). De la vida, en cambio, uno no se puede “separar”, pues sin vida se deja de ser. Dicho de otro modo: la vida no es una cualidad más que se tiene y se deja de tener, sino que somos “vivientes”. Pedro, por ejemplo, puede estar enfermo; pero si deja de estar enfermo, sigue siendo Pedro. Pedro puede ser chileno; pero analíticamente al menos puede separarse de su nacionalidad, dejar de ser chileno, y seguirá siendo Pedro. Pero Pedro, en cuanto ser vivo, si deja de estar vivo, deja de ser Pedro: empieza a ser un cadáver en descomposición. Conceptualmente, entonces, es contradictorio pensar que la vida sea un bien disponible; aunque sí se entiende por qué hay personas que así lo creen12. Nos damos cuenta de que la vida es un “bien” porque nos importa, por eso cuidamos de ella, de la nuestra y de la de los demás. Asimismo, este cuidado ha sido consagrado como derecho humano fundamental, y todas las legislaciones modernas, al menos en los países libres, la protegen ante amenazas de terceros.
El Estado protege la vida porque la vida es un bien. Sin embargo, hay casos particulares, en que la vida no parece tan buena. Hay personas con circunstancias dramáticas que pueden sufrir mucho sin posibilidad de mejora y que no quieren seguir viviendo. Ellos dicen que la vida es un derecho y no un deber, y claman por terminar con su vida. Es verdad que no es un deber, ya que si lo fuera habría que sancionar a todos los que murieran. En eso tienen razón.
¿Pero qué significa el derecho a la vida? Significa que la sociedad, representada en el Estado, estima que la vida de cada ser humano es un bien y por ello se compromete a protegerla de terceros. Es el derecho a que no me maten. ¿Y yo puedo matarme si quiero? Si esa pregunta se refiere a “la capacidad de hacerlo”, hay muchas maneras de suicidarse y de hecho la gente lo hace. Pero si la sociedad y el Estado protegen la vida porque estiman que es un bien13, obviamente no van a facilitar o promover el suicidio de las personas. Al contrario, si de verdad valoran la vida, invertirán los recursos necesarios para que esas personas dejen de tener ese sufrimiento insoportable que las empuja a querer morir.
María Alejandra Carrasco
Doctora en Filosofía
Profesora Titular de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica de Chile. Se ha especializado y ha publicado en temas de ética normativa e historia de la filosofía, y es también investigadora asociada del Centro de Bioética de la P. Universidad Católica de Chile. Profesora de Antropología Filosófica de la Universidad de los Andes.
Preguntas relacionadas
«La vida no es una cualidad más que se tiene y se deja de tener, sino que somos “vivientes”. De la vida, uno no se puede «separar», pues sin vida se deja de ser».
En suma, podemos concluir (1) la vida es un bien, (2) por eso existe el derecho a la vida (derecho a que “no me maten”); (3) no existe el deber de vivir; (4) el bien de la vida es fácticamente disponible (la gente se puede suicidar); (5) pero jurídica y moralmente indisponible (el Estado se contradice si promueve o facilita el suicidio).
Entonces, como no se le puede exigir al Estado que haga exactamente lo contrario de lo que justifica su existencia, el Estado jamás tendrá el deber de proporcionar los medios para que las personas acaben con su vida.
11 En otras palabras, no podemos ser dueños ni disponer de “Juan”, como lo soy de mi lápiz.
12 En general personas que se definen como liberales y enfatizan el valor de la autonomía, defienden la idea de que somos autónomos para disponer de la propia vida. Estas personas, por desgracia, no comprenden bien la noción de autonomía, que cuando se exacerba se convierte en exactamente su contrario. Piensan, primero, que “autonomía” es hacer lo que cada uno quiera. Eso es un error, pero incluso si fuera así, como en el mundo real prácticamente todas las acciones requieren de la cooperación de otros, hacer mi voluntad implicaría obligar a los demás a hacer mi voluntad, quiéranlo ellos o no lo quieran.
13 Esta es exactamente la razón por la que tanto nuestra legislación como la de la mayoría de los países del mundo castigan el “auxilio al suicidio”. Paradójicamente esta es también la razón por la que ya no se castiga el “intento de suicidio”, pues si se hiciera se estaría incentivando a que los potenciales suicidas se aseguraran del éxito de su acción.
