3.1 EL FINAL DE LA VIDA

71 | ¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE MATAR Y DEJAR MORIR DESDE EL PUNTO DE VISTA ÉTICO?

Todos vamos a morir, es un destino ineludible: la muerte es un hecho, una certeza. De esto se desprende que dejar morir no es equivalente a matar, pues en el primer caso la vida sigue su curso natural (que conlleva inevitablemente la muerte), mientras que en el segundo caso existe una intervención deliberada que pone fin a la vida de un tercero. Cuando se ‘deja morir’ no hay ningún acto humano que tenga por objeto causar la muerte, mientras que cuando se mata sí lo hay. Por eso, en sentido estricto, no puede haber una equivalencia entre matar y dejar morir, puesto que la muerte, en última instancia, es inevitable. En este sentido, un correcto “dejar morir” no se configura como un fracaso de la medicina: significa aceptar la condición finita humana. Así, dejar morir no es lo mismo que abandonar, en este contexto: significa, más bien, retirar todas aquellas terapias y tratamientos fútiles y desproporcionados en pos de una muerte serena del paciente. El principio que sostiene dichas prácticas es el siguiente: cuando no se puede curar, siempre se puede cuidar.

Por otra parte, podemos considerar que el precepto moral que prohíbe matar a un inocente es universal, o sea, no admite excepciones. Si el sufrimiento de una persona fuera motivo suficiente para hacer una excepción a este precepto, podríamos correr el riesgo de aplicar este criterio a otras situaciones, como lamentablemente ha ocurrido a lo largo de la historia universal. O afirmamos que nunca se puede matar a un inocente, o tendríamos que considerar que sólo algunas vidas son valiosas, o que hay seres humanos de primera y de segunda categoría. Para fundamentar la paz social y la estabilidad de una comunidad política es necesario reconocer el valor del precepto universal que manda respetar irrestrictamente toda vida humana, más allá de cualquier otra consideración.

Por lo anterior, matar directamente a un inocente nunca podrá justificarse. La pregunta, entonces, exige ser planteada en otros términos, es decir, si puede o no permitirse lo que, en términos genéricos, es una muerte prematura: ¿se puede (éticamente) adelantar o acelerar la muerte de una persona? Para poder responder a esta pregunta, hay que hacer algunas distinciones sobre las dos acciones (matar y dejar morir). Para eso es importante referirse a algunos criterios fundamentales para evaluar las acciones: el fin de la acción, la causa del acto (o del hecho) y las circunstancias de ello. Si evaluásemos, en efecto, solamente las consecuencias de estos dos actos (es decir, la muerte, en ambos casos), no se podrían entender los matices que nos iluminan para evaluar moralmente las dos acciones. Tratemos de analizar y definir a las dos acciones a la luz de estos criterios, enfocándonos en el ámbito biomédico.  

Matar es aquella acción por la que intencionalmente se pone fin a la vida de una persona. Esto, en el contexto biomédico, se realiza a través de algún fármaco, que constituye el medio de la acción (circunstancias). En este sentido, la causa de la muerte es el acto de un tercero, que tiene el fin de acabar con la vida de otro, y lo hace con alguna sustancia adecuada para eso.

Por otro lado, el dejar morir se configura como aquella limitación (o adecuación) del esfuerzo terapéutico por la que el médico retira algunos medios o terapias porque ya no son eficaces o son desproporcionadas a la situación clínica del paciente. Como se puede notar, la causa de la muerte, en este último caso, no es la acción de un tercero, sino la enfermedad misma: el paciente muere por su enfermedad, al contrario del caso de la eutanasia.

En este sentido, las dos acciones (matar y dejar morir) no se pueden equiparar (como erróneamente han hecho algunos bioeticistas y moralistas, como, por ejemplo, James Rachels134), ya que se trata de dos realidades distintas, que implican responsabilidades distintas (una cosa es matar una persona, otra es aceptar la condición finita del hombre).

En resumen: si las dos acciones son distintas, también la evaluación moral de las dos tiene que ser distinta. No podemos decir que exista un matar que sea bueno, porque “matar a un inocente” es intrínsecamente malo. En cambio, sí podemos afirmar que es bueno dejar morir, entendiendo por esto la aceptación de la muerte natural, evitando el encarnizamiento terapéutico.

Luca Valera 
Doctora en Bioética

Cristián Borgoño
Doctora en Bioética

Paulo López
Doctora en Teología Moral

Luca Valera 
Doctora en Bioética

Profesor Universitario. PhD en Bioética (Università Campus Bio-Medico di Roma, Italia), es Profesor Adjunto del Centro de Bioética de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Profesor Asociado del Departamento de Filosofía de la Universidad de Valladolid (España).

Paulo López
Doctora en Teología Moral

Doctor en Teología Moral con mención en Bioética por la Accademia Alfonsiana de Roma, y Magíster en ética clínica por la Pontificia Universidad Católica de la Santa Cruz. Profesor del Instituto de Bioética de la U. Finis Terrae. Focos de interés e investigación: sexualidad humana y familia, conflictos del fin de la vida y cuidados paliativos.

Cristián Borgoño
Doctora en Bioética

Doctor en Bioética por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Licenciado en Medicina por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Profesor Asistente de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Preguntas relacionadas

134 Cfr. James Rachels, “Active and Passive Euthanasia”, en Biomedical Ethics and the Law, ed. James M. Humber y Robert F. Almeder (Boston : Springer , 1979).

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